viernes 11 de julio de 2008

El concepto de Forclusión

El concepto de Forclusión




1. El movimiento de la traducción


El concepto de Forclusión es, como se sabe, una creación y una elaboración teórica de Lacan, que designa el mecanismo por el cual un sujeto rechaza un significante privilegiado ­-el del Nombre del Padre- que no se inscribe, y cuya regulación del goce por medio de lo simbólico, por tanto, se ve afectada. La estructuración del sujeto con respecto a lo simbólico será entonces bajo la forma de la psicosis.


Lacan arribó a la Forclusión de la mano del concepto freudiano de Verwerfung, pero tuvo que reducir las acepciones que el maestro vienés le hubo dado y localizar la función del mecanismo. Ambos conceptos no son equivalentes como se podría suponer.


La palabra alemana Verwerfung tiene muchos sentidos: rechazo, recusación, condenación, reprobación. El sentido principal que se repite entre los sinónimos es aquel que señala un rechazo llevado hasta sus últimas consecuencias. La traducción al castellano que más se relaciona con lo que Freud quiso decir es aquella que la designa como recusación. Se trata de un término legal. La recusación es un derecho que se ejerce dentro del ámbito jurídico, que implica la posibilidad de rechazar -con justificación- a una de las partes en su función, o de rechazar pruebas. Por ejemplo, recusar a un juez es solicitar que no interviniera en el conflicto en el que ya ha sido designado, si la recusación tiene lugar, el funcionario debe abandonar su función.


El término francés de Forclusión, en cambio, es propio del ámbito jurídico, no tiene otras acepciones. Designa un principio de la legislación procesal, que entraña un momento oportuno de presentación -y de prescripción- de derechos y facultades. Si se hiciera un reclamo fuera de tiempo, por ejemplo, los derechos y facultades que dicho reclamo representaría ya no son válidos, caducan. Es decir que hay un momento determinado para ejercer los derechos, luego del cual, ellos caducan.


En castellano existe un término que es la traducción directa de la forclusión francesa, y es la preclusión. La preclusión se refiere a los actos procesales: para que éstos fueran eficaces deben realizarse en el momento procesal correspondiente, careciendo de validez en cualquier otro caso. Dentro del psicoanálisis el término forclusión ha sido importado desde el francés y se ha conservado en general sin traducirlo.


A Lacan no le interesaba la Verwerfung de Freud por el sentido de la palabra, sin embargo, se puede extraer alguna enseñanza de la traducción que propone Lacan en su movimiento que va de la Verwerfung a la Forclusión. Conocer el camino de la recusación a la preclusión puede ayudar a desentrañar, en la enseñanza de Lacan, el camino que lo llevó de la Verwerfung a la Forclusión. Un camino que se cierra cuando se considera (muchos lo hacen y el ejemplo que sigue ocurrió realmente) que las traducciones castellanas de los Escritos son erróneas "porque aparece el término preclusión donde debería decir forclusión, que en castellano también existe." No existía antes de Lacan y no existe tampoco ahora más que como término técnico, tanto como existe Verwerfung.


¿Cuál es el cambio que subraya Lacan cuando introduce la Forclusión como traducción de la Verwerfung? He allí una pregunta que vale la pena explorar.




2. Freud y la Verwerfung


El término Verwerfung, que Lacan toma para comenzar su trabajo, es esquivo dentro de la obra de Freud. Se lo encuentra en pocas oportunidades, y el uso que hace de él el fundador del psicoanálisis es amplio. En los comienzos de sus escritos psicoanalíticos la Verwerfung es un modo defensivo que puede distinguirse claramente de lo que es una represión.


En "Las neuropsicosis de defensa", del año 1894, Freud escribió lo siguiente:


«Ahora bien, existe una modalidad defensiva mucho más enérgica y exitosa, que consiste en que el yo desestima {verwerfen} la representación insoportable junto con su afecto y se comporta como si la representación nunca hubiera comparecido»


Aquí Freud señala que este modo defensivo se caracteriza por el hecho de que tanto afecto como representación son desalojados por el yo, a diferencia de lo que ocurre con la represión, en la que sólo la representación es desalojada de la conciencia, mientras que el afecto es desviado y no desaparece. Freud menciona como ejemplo el caso de una joven cuyo yo «se ha defendido de la representación insoportable mediante el refugio en la psicosis.» La representación se entrama de tal forma con la realidad objetiva, que ésta también sufre los efectos de la Verwerfung, y se desprende. Muchos años más tarde Freud retomará este problema en "La pérdida de realidad en la neurosis y la psicosis."


Este primer sentido que puede atribuírsele al término, cambiará luego según el contexto. La Verwerfung será algunas veces algo semejante a una represión, otras un rechazo, pero lo que se podría definir como propio de ella es que no es específica de ninguna estructura -aunque en el fragmento antes citado parecería propia de las psicosis.


Es preciso recordar que para Freud el mecanismo principal de las neurosis y las psicosis es la represión.


La diferencia entre las neurosis y las psicosis radica, entonces, en el punto en el que se produce la represión y la formación de síntoma que le continúa como respuesta. En sus Puntualizaciones psicoanalíticas sobre un caso de paranoia (Dementia Paranoides) descrito autobiográficamente, Freud busca la explicación de los fenómenos y síntomas que presenta Schreber, y lo hace indagando en el mecanismo de la represión, junto a la fijación y la regresión. Jamás en ese libro se menciona la Verwerfung.


Otro momento en el que podemos hallar el concepto de Verwerfung es en el caso del «Hombre de los Lobos», escrito en 1914 y publicado en 1918; pero también allí el uso que Freud pretende darle es un tanto ambiguo.


Freud se refiere al conocimiento de la castración y a la teoría de la cloaca que sostenía el paciente, ambas coexistentes. En la página 74 aparece esto:


«Era por cierto una contradicción que a partir de ese momento una angustia de castración pudiera subsistir junto a la identificación con la mujer por medio del intestino, pero era sólo una contradicción lógica, lo cual no significa mucho. El proceso entero se torna así más bien característico del modo en que trabaja el inconciente. Una represión (Verdrängung) es algo diverso de una desestimación (Verwerfung.)»


No se llega a comprender del todo si Freud sólo se refiere a una distinción de la represión, o si se refiere a que en este paciente en particular la castración cayó bajo la Verwerfung.


Este es el ejemplo sobre el que Lacan trabajará para comenzar a indagar la relación entre la Verwerfung y la presencia de ciertos fenómenos alucinatorios.




3. El primer desarrollo: la Verwerfung y la Bejahung


A comienzos de la década de 1950, bajo la influencia del estructuralismo, de la mano de Levi-Strauss, de Saussure, y de Jakobson, y aprovechando la lectura de Hegel (sobre todo a través de Kojève), Lacan distingue en un primer momento de su enseñanza la primacía de lo simbólico sobre lo imaginario, y la inclusión del sujeto en el mundo del lenguaje, nadando entre significantes.


Los primeros trabajos publicados relacionados con la Verwerfung son aquellos que se remontan al año 1954, en el transcurso del primero de los seminarios, dedicado a los escritos técnicos de Freud. Allí, Jean Hyppolite, invitado por Lacan, hace un comentario hablado acerca del artículo de Freud titulado "La negación." En la lectura que ofrece el filósofo, y en el comentario que recibe por parte de Lacan, se comienza a esclarecer un concepto distinto de la negación, una negación que se opondría a la instauración de lo simbólico, a la Bejahung. Es allí que comienza a delimitarse el concepto de Verwerfung como un mecanismo anterior, y que a su vez presenta una relación con ciertos fenómenos alucinatorios. Lacan, para dar ejemplo de la Verwerfung, toma el caso del "Hombre de los Lobos" de Freud, y el caso del "Hombre de los Sesos Frescos", de Ernst Kris.


Pero este primer encuentro es ambiguo. La Verwerfung que Lacan comienza a delimitar es aquella que más adelante se descubrirá como necesaria para que se instaurara el acceso del sujeto al mundo simbólico.


En su respuesta al comentario de Hyppolite, en la página 372 de los Escritos, se puede leer lo siguiente:


«El proceso de que se trata aquí bajo el nombre de Verwerfung y que no ha sido, que yo sepa, objeto de una sola observación un poco consistente en la literatura analítica, se sitúa muy precisamente en uno de los tiempos que el señor Hyppolite acaba de desbrozar para ustedes en la dialéctica de la Verneinung: es exactamente lo que se opone a la Bejahung primaria y constituye como tal lo que es expulsado.»


Lacan continúa:


«Pero ¿qué sucede pues con lo que no es dejado ser en esa Bejahung? Freud nos lo ha dicho previamente, lo que es sujeto ha cercenado (verworfen) así, decíamos, de la abertura al ser, no volverá a encontrarse en su historia, si se designa con ese nombre el lugar donde lo reprimido viene a reaparecer. Porque, les ruego observar cuán impresionante es la fórmula por carecer de toda ambigüedad, el sujeto no querrá "saber nada de ello en el sentido de la represión." Pues para que hubiese, efectivamente de conocer algo de ello en ese sentido, sería necesario que eso saliese de alguna manera a la luz de la simbolización primordial. Pero, una vez más, ¿qué sucede con ello? Lo que sucede con ello pueden ustedes verlo: lo que no ha llegado a la luz de lo simbólico aparece en lo real.


Pues así es como hay que comprender la Einbeziehung ins Ich, la introducción en el sujeto, y la Ausstossung aus dem Ich, la expulsión fuera del sujeto. Es esta última la que constituye lo real en cuanto es el dominio de lo que subsiste fuera de la simbolización»


Se puede observar en esa respuesta cómo hay claramente dos ideas acerca de la Verwerfung. Una como punto de estructuración del sujeto, pero otra como rechazo radical de la castración (con el caso del "Hombre de los Lobos" como ejemplo fundamental) que se relaciona con la presencia de ciertos fenómenos. Ambas acepciones de la Verwerfung se entremezclan.


En el año 1956, la idea de la función de la Verwerfung comienza a ser modificada. Si leemos con cuidado el seminario dedicado a las psicosis, desde su primera clase hasta la última, hallamos el pasaje de la Verwerfung a la Forclusión.


En el comienzo, Lacan sostiene lo que ya antes había descubierto: la Verwerfung como mecanismo que se relaciona con la alucinación, pero a la vez como oposición primera, expulsión de un primer cuerpo significante. En la página 216 se lee lo que sigue:


«A propósito de la Verwerfung, Freud dice que el sujeto no quería saber nada de la castración, ni siquiera en el sentido de la represión. En efecto, en el sentido de la represión, todavía sabe uno algo sobre eso mismo sobre lo que nada quiere, de cierta manera, saber, y todo el análisis consiste en mostrar que uno lo sabe muy bien. Si hay cosas sobre las que el paciente nada quiere saber, incluso en el sentido de la represión, esto supone otro mecanismo. Y como la palabra Verwerfung aparece en conexión directa con esta frase y también algunas páginas antes, echo mano de ella. No me importa especialmente el término, me importa lo que quiere decir, y creo que Freud quiso decir eso.»


Lacan lee y usa el concepto de Freud, claramente en el sentido de su retorno a Freud, es decir, de su retorno al espíritu de la obra de Freud. No deja nunca de leer a Freud, pero toma ese concepto vago e impreciso que es la Verwerfung y lo pule, lo despeja y le da otro valor. Como se pudo leer, él mismo señala que: "No me importa especialmente el término, sino lo que quiere decir." En ese punto se puede ver cómo buscó un mecanismo específico para las psicosis, pero se ve también que, a la vez, tropezó con otra cuestión. En la página siguiente del seminario, Lacan plantea lo siguiente:


«¿De que se trata cuando hablo de Verwerfung? Se trata del rechazo, de la expulsión, de un significante primordial a las tinieblas exteriores, significante que a partir de entonces faltará en ese nivel. Este es el mecanismo fundamental que supongo está en la base de la paranoia. Se trata de un proceso primordial de exclusión de un interior primitivo, que no es el interior del cuerpo, sino el interior de un primer cuerpo de significante.»


Aquí anotamos: Verwerfung como mecanismo fundamental que se conjetura en la base de la paranoia, pero a la vez hay otro proceso, que se relaciona con un cuerpo significante.



Sigamos leyendo la misma página:
«Esta constitución de la realidad, tan esencial para la explicación de los mecanismos de repetición, se inscribe en base a una primera bipartición que curiosamente recubre ciertos mitos primitivos que evocan algo esencialmente tambaleante introducido en el acceso del sujeto a la realidad humana. Esto es supuesto por esa singular anterioridad que Freud da en la Verneinung a lo que explica analógicamente como juicio de atribución, en comparación con un juicio de existencia. Hay en la dialéctica de Freud una primera división de lo bueno y lo malo que sólo puede concebirse si la interpretamos como el rechazo de un significante primordial.»

En esta cita podemos corroborar que aún persiste la primera confusión: hay un significante primordial que es rechazado. Pero aún ese significante no es distinguido del resto con un peso o un valor mayor. Hay también una fundación de lo simbólico.


Es que Lacan está descubriendo -al seguir a Freud en su espíritu- que el humano al entrar al lenguaje pierde necesariamente algo, que se relaciona directamente con la consistencia de la cadena significante. Pero una vez dentro del lenguaje es necesario que se produzca una nueva operación: la inscripción de un significante privilegiado que garantizara el orden y la consistencia de la cadena. Si ese significante es rechazado, nos hallamos con la estructuración de las psicosis.


La lectura del análisis que Freud hace de las memorias de Schreber, la lectura de las memorias del presidente, entre muchos otros artículos relacionados, le permiten a Lacan aislar un significante primordial que está ausente. Lo podemos leer en la página 361 del seminario: «en el caso del presidente Schreber sería la ausencia del significante masculino primordial.» Esta ausencia se relaciona directamente con la presencia de una serie de fenómenos propios de la psicosis, y con aquello que al no ser inscrito en lo simbólico aparece en lo real.


Maleval, en su libro titulado La forclusión del Nombre del Padre, ilumina la situación. En la página 52 se lee lo siguiente:


«Aunque Lacan no lo subrayó, preocupado como estaba por las convergencias más que por las divergencias, no se puede pasar sin algunas dificultades de la abolición simbólica mencionada en el artículo sobre la Verneinung a la que se deduce de los trastornos de Schreber. Así, quedan englobados bajo el concepto de Verwerfung dos procesos diferentes. En un polo se encuentra la Ausstossung, que designa un proceso primario de expulsión necesario para la estructuración del sujeto. En el otro, la abolición simbólica de Schreber, que funda un mecanismo patológico de naturaleza psicótica. La alucinación del dedo cortado es lo que parece permitir el establecimiento de un vínculo entre ambas»


Maleval, en el mismo libro, señala que una vez despejada la confusión se verá como efecto inmediato que Lacan no volverá a mencionar al caso del "Hombre de los Lobos" para hablar de la Verwerfung.




4. El segundo desarrollo: la forclusión del Nombre del Padre


En la última clase del seminario dedicado a las psicosis Lacan llega a marcar su descubrimiento. En la página 456 se lee lo siguiente:


«No retorno a la noción de Verwerfung de la que partí, y para la cual, luego de haberlo reflexionado bien, les propongo adoptar definitivamente esta traducción que creo la mejor: la forclusión.»


La forclusión es un término que se relaciona directamente con la ley. Da cuenta de un tiempo dentro de un proceso para ejercer derechos y facultades, y hacer un reclamo, y que una vez vencido el plazo, es imposible revocarlo. Al elegir este término Lacan habla de un significante que se relaciona con una ley primordial, que si no se inscribe en el tiempo debido, no puede ser inscrita. En la página 559 de los Escritos, en "De una cuestión preliminar a todo tratamiento posible de las psicosis", se lee lo que sigue:


«Para ir ahora al principio de la preclusión (Verwerfung) del Nombre del Padre, hay que admitir que el Nombre del Padre redobla en el lugar del Otro el significante mismo del ternario simbólico, en cuanto constituye la ley del significante»


La Verwerfung era un mecanismo que se aplica a un significante privilegiado, la Forclusión será el rechazo del significante del Nombre del Padre. Una página antes había escrito así:


«Para que la psicosis se desencadene, es necesario que el Nombre del Padre, verworfen, precluido, es decir sin haber llegado nunca al lugar del Otro, sea llamado allí en oposición simbólica al sujeto.


Es la falta del Nombre del Padre en ese lugar la que, por el agujero que abre en el significado, inicia la cascada de los retoques del significante de donde procede el desastre creciente de lo imaginario, hasta que se alcance el nivel en que significante y significado se estabilizan en la metáfora delirante.»


En los desarrollos posteriores a los años cincuenta, una vez establecida la Forclusión como mecanismo propio de las psicosis, las modificaciones recaerán sobre el concepto del significante del Nombre del Padre. Maleval, en la página 108 del mismo libro, dice lo siguiente:


«En la definición del Nombre del Padre se han producido numerosas modificaciones. Inicialmente concebido como significante inserto en el Otro, garante de la existencia de un lugar de la verdad, luego se pluraliza y al mismo tiempo es correlacionado con una pérdida de goce. Luego, en los años setenta, se relaciona con una formalización que da cuenta del ordenamiento de la cadena significante, y que articula dicho orden con el cifrado del goce.»






María de las Mercedes Beatriz Ávila


Colaboración y revisión: Sebastián Alejandro Digirónimo




Bibliografía







Sigmund Freud

  • - (1894): "Las neuropsicosis de defensa", en Obras completas, Tomo III, Buenos Aires, Amorrortu, 1996.

  • - (1911): Sobre un caso de paranoia descrito autobiográficamente, en Obras completas, Tomo XII, Buenos Aires, Amorrortu, 1996.

  • - (1918): De la historia de una neurosis infantil (el «Hombre de los Lobos»), en Obras completas, Tomo XVII, Buenos Aires, Amorrortu, 1996.

  • - (1924): "La pérdida de realidad en la neurosis y la psicosis", en Obras completas, Tomo XIX, Buenos Aires, Amorrortu, 1996.

  • - (1925): "La negación", en Obras completas, Tomo XIX, Buenos Aires, Amorrortu, 1996.


Jacques Lacan

  • - (1954): Seminario 1, Los escritos técnicos de Freud, Buenos Aires, Paidós, 1998.

  • - (1956): Seminario 3, Las psicosis, Buenos Aires, Paidós, 2000.

  • - (1959): "De una cuestión preliminar a todo tratamiento posible de la psicosis", en Escritos 2, Buenos Aires, Siglo Veintiuno, 1999.

  • - (1966): "Introducción al comentario de Jean Hyppolite", en Escritos 1, Buenos Aires, Siglo XXI, 1988.

  • - (1966): "Respuesta al comentario de Jean Hyppolite", en Escritos 1, Buenos Aires, Siglo XXI, 1988.


Jean-Claude Maleval

  • - (2000): La forclusión del Nombre del Padre, Buenos Aires, Paidós, 2002.


Jean Hyppolite

  • - (1966): "Comentario hablado sobre la Verneinung de Freud", en Escritos 2, Buenos Aires, Siglo XXI, 1988.

sábado 19 de abril de 2008

Azahares, jazmines y fresias

«What’s in a name? That which we call a rose
by any other word would smell as sweet.»

Romeo and Juliet, Act II, Scene II

Esta página, concebida por azar una tarde de primavera, será tan breve como fugaz fue la idea que le dio origen; fugaz como la dulce sensación de los aromas que la calle me entregó esa tarde.
Sabido es que Cassirer, como muchos otros, ha señalado que la visión del mundo de un hombre está determinada por el lenguaje; que el mundo es lo que el idioma le permite ser. Esa afirmación es punto de partida para cientos de polémicas: surgen de ella tanto falacias extremas como verdades conciliadoras. La intención de esta página es, dejando de lado todos los argumentos y las polémicas, aprovechar una idea poética pequeña y maravillosa que encierra la afirmación de Cassirer (y por ella, si se quiere, descubrir que Cassirer, al fin y al cabo, está en lo cierto.)
En realidad, no todo lo anterior es cierto. Ya desde el principio se encuentra en esta página la intención de declarar verdadera la sentencia de Cassirer. Es que el recuerdo de los aromas que la calle me entregó por azar esa tarde de primavera me obliga a ello. No puede pensar de otra manera alguien que disfruta los perfumes de esas agradables flores y que, al mismo tiempo, vive trabajando con las palabras, sopesándolas, acariciándolas, buscando desentrañar de ellas la magia que encierran, o que emanan cuando se trabaja con ellas, sopesándolas y acariciándolas con respeto. La unión de ese recuerdo con la voluntad poética hace indudablemente verdadera la sentencia de Cassirer.
La duda sólo puede llegar desde otros poetas mayores. Shakespeare, que era uno de ellos y conocía los límites del instrumento que manejaba con tan grande arte, ha visto bien pero también se ha equivocado. Las palabras que constituyen el epígrafe de esta página son tan ciertas como imprecisas, pues, aunque el aroma de la flor es independiente de la palabra que la designa, la palabra rosa hace también al aroma de la rosa. El hombre huele (y ve y oye y toca y saborea) más con el idioma que con los meros órganos animales. Ciertamente que la mirada más ingenua tiende a considerar las palabras del poeta como ciertas fuera de toda duda. ¿Cómo podría ser distinto el perfume de la rosa si la rosa no se llamara rosa? Y ciertamente las moléculas que llevan el perfume desde la rosa hasta las humanas narices serían las mismas. De allí la parte cierta de las palabras que se oyen cuando alguien representa Romeo y Julieta. Pero el perfume de la rosa no es sólo el transportado por las moléculas inmutables, el perfume de la rosa es también el que permite la palabra rosa en sus relaciones con el resto de las palabras que constituyen el idioma. Esas relaciones, como se sabe, son de combinación y oposición. Pero aquí no nos importan demasiado las verdades que empiezan con Saussure, sobre todo por lo verdaderas que son (toda negación es más error de consideración que intento real de refutación.) Del olvido de que para el hombre el perfume no es el inmutable que transportan las moléculas inmutables, surge el aspecto impreciso de las palabras que se oyen cuando alguien representa Romeo y Julieta.
No importan las verdades que comienzan con Saussure por otro motivo mucho más importante que el anterior. Esta página breve se trata de sentir con toda el alma la verdad de la sentencia de Cassirer. Sentir con toda el alma, como sienten sólo los poetas. La intención de esta página es que todos sintieran por un momento lo que todo hombre puede llegar a sentir con un esfuerzo de poesía y con un trabajo constante. De esa manera, también, el recuerdo de esa tarde, que es mío, podría ser, por la palabra, de cada uno de vosotros. No de todos vosotros sino de cada uno de vosotros, que no es lo mismo. Alcanzaríamos así una de las magias de la poesía, pues degustando la muerte es como puede el hombre sentir mejor la vida, y la poesía verdadera es la poesía trágica, la que se funda en las honduras del alma humana. Haciendo sentir la muerte, así, la poesía parece hasta vencerla, pues si cada uno de vosotros será dueño de mi recuerdo, aun si yo muriera seguiría viviendo mi recuerdo en otros, una parte de lo que soy, y no es poco. Mirado por otro lado sí es poco: una limosna miserable. Pero los hombres no podemos pedir más.
Y para sentir con toda el alma hay que deshacerse de la erudición común. Alguien escribió alguna vez que la cultura es lo que queda cuando la erudición desaparece. Quizá más preciso sería decir que la cultura es lo que aparece cuando a la mera erudición se le adjunta un alma. Es que la erudición sin alma, aborrecida por los hombres verdaderos y ya denunciada por ese hombre que era nada menos que todo un hombre, don Miguel de Unamuno, es capaz de arruinar las creaciones más sublimes. Recuerdo que una tarde estaba yo leyendo el Lunario sentimental de Lugones en una edición vecina al año dos mil y española, y en el poema titulado “Luna de los amores”, allí donde Lugones escribe «El aire huele a fresia», se ve una nota al pie, agregada por el erudito de turno, que dice lo siguiente: “Fresia: fresa.” ¡Cómo cambia el perfume del poema y cuánto pierde el amigo erudito! Quedaron en soledad los azahares y los jazmines por el desconocimiento de la perfumada flor, de la freesia de la botánica cuyo origen se encuentra, al parecer, en el continente africano. Y el error del erudito ya empieza a mostrar la verdad de la sentencia pronunciada por Cassirer y tantos otros.
Pero acerquémonos, mejor, al recuerdo que fue mío y podrá ser de algunos otros, de cada uno de esos otros. Allí está la calle, hay en ella unos cuantos naranjos en flor y el aroma de los azahares inunda el aire tibio. Caminamos con los ojos cerrados, o apenas entreabiertos, y las formas de los árboles se nos aparecen como sombras extrañas mecidas por la brisa. El perfume, así, lo inunda todo. Pero hay otros perfumes que se mezclan con él, y son también dulces: el perfume de los jazmines que llevamos en nuestra mano izquierda; el perfume de las fresias que llevamos en nuestra mano derecha. Respiramos profundamente, siempre con los ojos cerrados, y el momento se parece mucho a la eternidad. Pero no hemos alcanzado todavía toda la dulzura de esos perfumes.
Nuestras almas se preparan ahora para ello. Debemos hablar, escandiendo lentamente las palabras y pronunciando con seguridad y claridad sus letras.

Azahares, jazmines y fresias

Y debemos repetir la línea con mayor hondura, respirando con fuerza los dulces perfumes.

Azahares, jazmines y fresias

Y debemos sentir las palabras con toda el alma, elevándonos hasta los poetas, y así sentiremos con toda el alma también los dulces perfumes y pensaremos que en la sentencia de Cassirer está encerrada la verdad.
Todos los escritores suelen quejarse, por lo menos alguna vez a lo largo de sus vidas, de la pobreza que les presenta el instrumento con el cual trabajan. Entonces ven en el idioma que usan dificultades que otros idiomas quizá no presentan, o por lo menos que no presentan para él. El poeta sabe que no puede decirlo todo. Siente, cuando escribe, que justamente escribe porque no puede decirlo todo.
A veces nos convendría festejar el idioma que nos ha tocado en suerte, porque él también tiene sus bondades. Azahares, jazmines y fresias: creo vislumbrar que en castellano huelen mejor.

miércoles 19 de marzo de 2008

Botánica fantástica (8)

Glásir





Éinar despertó lentamente. No recordaba qué había ocurrido. Poco a poco, mientras sus ojos se acostumbraban a la luz, trató de recordar qué había pasado.
Se encontró tirado en el suelo. Se sentía abatido, tal vez atontado. No sabía bien por qué. Buscó en su memoria imágenes y palabras del comienzo del día, pero todo era confuso.
Caminó un poco, llegó hasta la orilla de un arroyuelo y en él sació su sed y observó su reflejo. Vio que llevaba sus ropas de guerra. Trató nuevamente de recordar la mañana, el día anterior, aunque más no fuera una sola cosa. Lo único que sintió, con una seguridad dolorosa en el pecho, era que algo había cambiado, pero aún no sabía qué.
No muy lejos de donde había despertado, estaba el arroyuelo en el que se detuvo a beber, y cerca de ese mismo arroyuelo había un sendero que se adentraba en un bosque.
El guerrero lo siguió, pues antes que permanecer solo, a merced de las fieras, era preferible buscar algún poblado y acaso allí podría también resolver sus dudas además de protegerse.
Mientras caminó por el sendero, no oyó sonido alguno. Sin embargo vio algo extraño. Dos lobos corrían por el bosque, pero no lo amenazaban, era como si juguetearan con él. Poco a poco se le acercaron, hasta casi tocarlo. Éinar, tomó su espada, esperó el ataque. Pero los lobos sólo lo acompañaron amistosamente.
A medida que se adentró en el sendero la luz se hizo débil. Al ver la salida de la espesura se apresuró.
Un extraño resplandor lo encandiló, no pudo ver qué era, mas eso no impidió que continuara con su paso. Al llegar a esa especie de abertura en el bosque miró al cielo, vio dos cuervos volando en círculos. Frente a él vio un árbol, cuyas hojas eran de oro. Detrás del árbol un palacio con su puerta.
Como un golpe certero, la memoria regresó a Éinar, y el dolor también.
Recordó cómo él y sus hombres se habían preparado para la batalla, cómo invocaron a Odín en medio del combate, y cómo una espada mezquina le atravesó el corazón.
De repente, entendió que estaba frente a Glásir, y que contemplar la figura del que refleja los destellos del sol en sus hojas de oro le indicaba que había llegado al paraíso. La muerte, esa tirana precisa y puntual, lo había hallado.
Recordó a su padre, quien alguna vez en su niñez, le dijo:
–Glásir, el abeto de agujas de oro rojo, imponente, descansa en la puerta del Valhalla. Anunciando a quien llegara hasta allí que el paraíso ha sido su destino, y que a partir de ese momento las luchas y los combates serán eternos. Luego del descanso, la comida y el hidromiel, los guerreros todos retomarán las armas, para combatir como sólo los guerreros saben hacerlo; pues los hombres de Odín siempre pelean, porque esa es la forma de honrar a los dioses.
Éinar, conmovido y angustiado a la vez, se acercó hasta la puerta y, con las manos temblorosas, la abrió.


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jueves 14 de febrero de 2008

Uno de los paraísos posibles


Siempre he tenido la idea de que si existiera un Dios que me reciba el día de mi muerte, la decisión de ingresar o no al Paraíso se tomaría en base a una pequeña prueba.
La prueba consistiría en recitar un poema a la perfección, un poema que me representara ante el creador.Bajo la influencia de esta idea, tal vez poética, hace tiempo encontré el poema que podría recitarle al Eterno, si él me lo permitiera.
El poema en cuestión es El Golem, de Borges. No sé bien por qué lo he elegido, tal vez la decisión se relacione con el hecho de que el ser humano mismo es un golem, tal vez se relacione con la magia de las letras combinadas y lo que ellas producen, tal vez es sólo poesía.
Hoy, navegando por las aguas turbulentas de internet, encontré un archivo en el que se escucha la voz del mismo Borges, recitando este poema tan preciado para mí. La voz de Borges no se caracteriza por su belleza, sin embargo algo hay en el viejo poeta que transmite la palabra de otra forma.Para quienes deseen escucharlo:
El Golem (Borges)
A veces creo que cada uno ha elegido un poema, quizá sin saberlo, pero llegada la hora las palabras surgirán solas. A veces también pienso que el sólo hecho de tener esas palabras es ya haber ingresado en el ansiado paraíso

lunes 4 de febrero de 2008

Botánica fantástica (7)

La rosa marina

Cuentan que antes de que el tiempo supiera su nombre, un joven príncipe –cuya belleza provocó la ceguera de su padre– fue encargado con la tarea de encontrar la rosa marina.
Alá, el poderoso, el que todo lo sabe, lo contempló. Y lo bendijo por su fe.
La rosa marina concedía, con su milagro, la vista. Devolvía la luz a los ojos de quien la contemplase, aunque éste fuera ciego de nacimiento.
Era custodiada por muchos genios, y por una joven princesa quien la cultivaba y cuidaba como su bien más preciado.
El joven príncipe logró sortear todos los obstáculos y según narró Scheherazada:

“…Y vio que aquel jardín, fragmento destacado del alto paraíso, surgía ante sus ojos tan hermoso como un crepúsculo granate. Y en medio de aquel jardín había un ancho pilón lleno de agua de rosas hasta los bordes. Y en el centro de aquel pilón precioso se alzaba, única en su tallo, una flor de color rojo de fuego muy abierta. Y era la rosa marina. ¡Oh!, ¡qué admirable era! Sólo el ruiseñor podría hacer su verdadera descripción.”

Para alcanzar el preciado tesoro el joven atravesó desiertos y bosques. En uno de esos bosques vio árboles con cabezas de animales que hablaban y caían de las ramas y frutos en los que, al partirse, salían pájaros de colores con rubíes incrustados.
El príncipe obtuvo su premio. Obtuvo la fama, la belleza y la felicidad. Devolvió la vista a su padre, y el amor lo acompañó, pues la joven princesa que cultivaba la flor lo amó.
Algunos dicen que son mentiras, pero sólo Alá, el que todo lo sabe, puede obrar de maneras tan misteriosas.

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miércoles 23 de enero de 2008

Historia de una nutria

Una de las muchas aventuras de Odín se relaciona con una nutria, un tesoro y una maldición.
Odín, Hónir y el infame Loki, en una de sus largas travesías, encontraron una nutria a orillas de un torrente de agua. La nutria estaba comiendo golosamente un salmón. Loki la vio y con ágil y veloz mano lanzó una piedra. De un solo golpe se hizo así de la nutria y del alimento que ésta consumía. Mató dos pájaros de un tiro… o una nutria y un salmón.
Los dioses encontraron una cabaña en las cercanías del torrente de agua e ingresaron en ella. El dueño de la casa era un labrador harto conocedor de la magia llamado Hréidmar. Al ver lo que traían sus invitados se perturbó, pues reconoció en el animal cazado a su propio hijo. Llamó entonces a sus otros hijos Fáfnir y Regin, y les dijo que su hermano Nutria había muerto, y que los responsables de su muerte estaban allí mismo. Fue entonces que los dioses decidieron ofrecen una compensación por la muerte de la cual eran culpables, y le ofrecieron a Hréidmar lo que él deseara. El labrador desolló la piel de su hijo muerto y les indicó a los dioses que debían cubrirla tanto por fuera como por dentro con oro rojo, de esa forma la falta sería perdonada.
Odín y Hónir enviaron a Loki a buscar el oro. El dios malvado, as de la mentira y el engaño, sabía que quienes guardaban el oro eran los enanos. Por ello atrapó a uno que tenía forma de pez, y le exigió que le entregara todo el oro que poseía a cambio de su propia vida. El enano Andvari, vuelto a su forma original, llevó a Loki a su peñasco y le ofreció todo, excepto un anillo, que escondió para sí. Pero el as de la mentira vio el movimiento del enano y le exigió al menudo ser que le entregara lo que tenía oculto en sus manos. Andvari rogó por el anillo, y explicó que si perdía todas sus riquezas el anillo se las devolvería. Loki no escuchó las súplicas, o no le importaron en la menor medida, y Andvari, despechado, maldijo el anillo: quien lo poseyera a partir de ese momento sería amigo de la muerte. Ante la amenaza de la maldición, Loki sólo respondió que ese mensaje sería entregado a su destinatario.
Al regresar con el tesoro, los dioses procedieron a cubrir la piel de la nutria, y lo lograron excepto por la punta de uno de los bigotes. Le presentaron la piel a Hréidmar y éste notó la falta. Se quejó y Odín, entonces, colocó en ese lugar, para cubrir el pequeño trozo de bigote, el anillo maldito. Hréidmar, satisfecho, consideró saldada la deuda y los dioses, liberados, procedieron a marcharse. Loki dijo entonces: “que se cumplan las palabras de Andvari.”
Y así ocurrió. Los hijos de Hréidmar disputaron con su padre por el tesoro y lo mataron. Régir le pidió luego a su hermano Fáfnir su parte, y éste se la negó. Fáfnir tomó entonces el Yelmo del espanto de Hréidmar, que aterrorizaba a todos los seres vivos que lo veían, y Régir huyó lejos hasta llegar a un reino en el cual se convirtió en herrero y tomó a Sígur como ahijado.
Fáfnir, convertido en dragón, custodió el oro hasta que un guerrero le dio muerte.
La maldición del anillo tiene el rostro de la codicia. Maldición extraña la de Andvari, por otra parte; se trata de una profecía un poco superflua, pues predice lo inevitable: la muerte de los seres vivos. No nos cuesta demasiado suponer que los Andvaris, profetas de lo inevitable, y los anillos malditos con rostro de codicia, se han multiplicado por el mundo con el correr de los tiempos.

miércoles 16 de enero de 2008

Ciertas características de la mitología nórdica

La mitología nórdica encierra poesía. Pero no a la manera de otras mitologías. Los nórdicos encontraron algo que en su sencillez oculta tal vez otra cosa, la creencia de que todo es único.
Cuando leemos La alucinación de Gylfi o la Edda Menor, ambas obras del poeta Snorri Sturluson, descubrimos que todas las cosas poseen un nombre.
Los objetos particularmente, no son reducidos a meros objetos, poseen un nombre propio y eso los transforma en algo más. Lo mismo ocurre con los animales, los árboles, las piedras. Por ejemplo: el caballo del dios Odín, se llama Sleipnir, hasta allí no nos asombra que un animal, tan importante como lo es además un caballo para un guerrero, lleve un nombre, pero luego descubrimos que el barco mágico que se pliega se llama Skithblathnir, el martillo del dios Thor es Mjöllnir, el fresno es Yggdrasil, los ciervos que comen las hojas del fresno son Dáinn, Dvalin, Duneyrr y Durathrór; la ardilla que corre entre las ramas del fresno es Ratatöskr. El grillete que ata a Fenrir el lobo, es Gleipnir y sus antecesores fueron a su vez Drómi y Laethingr, la cadena que sostiene el grillete se llama Gelgja.
De Hel, que reina sobre nueve mundos del infierno y sobre aquellos que mueren por vejez o enfermedad se dice:

Su morada se llama Eljuthnir, su plato Hungr, su cuchillo Sultr, su trono Idler, Ganglati su criado, Ganglot, su doncella, su umbral Fallanda-forath, su cama Kör, las cortinas de su cama Blíkjandaböl.

Cada objeto es único, no hay dos cosas que sean iguales. El nombre guarda esa extraña relación entre la cosa y la palabra. Luego los nombres podrán repetirse, pero aunque ello ocurra hay algo que escapa.
Ocurre que el nombre se convierte en lo más íntimo y lo más externo que se posee. Pues nombra, pero a su vez no tiene nada de la cosa en él… ¿o sí?
Pues bien parecería que los nórdicos supieron que hay algo que en cada cosa es distinto, y que aunque fuera un simple objeto, eso distinto exige un nombre, una marca que lo señale

sábado 5 de enero de 2008

Botánica fantástica (6)

El sándalo endemoniado

En el libro cuarto de su relato, Pigafetta cuenta lo que le dijeron los nativos de una de las islas en las cuales hicieron escala. Según la experiencia de los nativos, repetida una y mil veces, cada vez que iban a cortar sándalo se les aparecía un demonio que podía tomar varias formas y que les permitía pedir cuanto necesitaran. Esas apariciones, sin embargo, los llenaban tanto de temor que caían enfermos y así quedaban durante varios días.
En la mayor parte de las ediciones de la relación de Pigafetta aparece allí alguna nota del editor de turno o del comentador estudioso. En esas notas, en general, se busca la explicación racional de la experiencia de los nativos de la isla. Dicen, por ejemplo, que quienes trabajan en cortar el sándalo enferman por el intenso aroma que exhala el árbol. Los nativos, ciertamente, se acercaban mucho más a la poesía que los comentadores.
De todas formas la explicación es inútil. ¿Acaso no decían los nativos que el demonio podía tomar diversas formas? ¿Por qué no habría de tomar la impensable forma de un aroma? Nos conviene, como les convenía a los nativos, quedarnos con el demonio y sonreír ante las cándidas explicaciones. Y luego disfrutemos el aroma del sándalo, que mejor huele sin explicación ninguna.

Las hojas huidizas

La descripción de las hojas huidizas está en el libro tercero del relato que Antonio Pigafetta escribió acerca del famoso viaje en el cual supo participar. Se trata, como se sabe, del primer viaje documentado que hicieron los hombres alrededor del mundo. Luego, en general, todos han querido tomar por mero documento histórico el relato del italiano y no le han perdonado, entonces, las mentiras del arte. ¿Qué podía esperarse? Si lo hacen con Heródoto quien era un poeta, por qué no lo iban a hacer con Pigafetta a quien hoy lo definirían casi como un turista.
Cuenta entonces Pigafetta que, llegados a cierta isla, conocieron una especie de árbol cuyas hojas, al desprenderse de las ramas, podían trasladarse solas. Describe esas hojas y dice que son parecidas a las del moral, que “tienen el pezón corto y apuntado y a los costados de éste como dos patas.” Cuando alguien tocaba las hojas éstas huían, pero al estrujarlas no goteaban sangre. Agrega entonces Pigafetta que tuvo una de esas hojas durante nueve días dentro de una caja y que cada vez que abría la caja veía cómo la hoja se movía. Según él creía, “estas hojas viven del aire.”
Los hombres no le creyeron, y algunos hasta buscaron motivos racionales por los cuales a Pigafetta pudiese haberle parecido que las hojas andaban solas. Que la hoja no se movía y la que se movía era la nave… que deliraba al verse rodeado de tanta enfermedad y tanta muerte… que las hojas se movían solas sobre todo cuando el que las observaba había bebido aguardiente… que Pigafetta era sólo un mentiroso…
Cuando se buscan los motivos racionales, porque no se siente o no se soporta la poesía, el resultado es siempre cómico. Sin embargo, el contraste entre la quietud del árbol y el frenesí de sus hojas es extraño y bello. Es fácil imaginar al árbol que engendraba aquellos apéndices huidizos. Quizá se trataba del único árbol que, en la historia del mundo, supo conocer la emoción y el orgullo verdadero. Quizá el árbol se sentía orgulloso y henchía su tronco cada vez que una de sus hojas correteaba libre por el mundo, acaso como un padre que observara a su hijo dar sus primeros pasos.
Los incrédulos comentadores deberían recordar que tampoco Macbeth creyó que el bosque Birnam pudiera moverse. Así le fue. Detrás de la incredulidad suele agazaparse el horror, y desde allí acecha a los hombres.